Si creía usted que las relaciones personales en su entorno guardaban muchas incógnitas, no era para tanto! la ordenación que tanto ansiaba está muy cerca de usted: en su agenda telefónica. Ésta, regida por una serie de parámetros, la analizaremos a continuación.
1. En primer lugar, a tener muy en cuenta, debemos reparar en la cantidad de términos usados para identificar al usuario. El número de palabras será siempre inversamente proporcional a la relación que nos une con el interesado, siendo esto: a más palabras, menor vínculo (y viceversa). Como ejemplo explicativo, comparemos el nombre del contacto "Isabel amiga oficina mamá" al contacto "papá".
2. Otro de los parámetros que rigen esta norma son los apellidos, siendo siempre eximidos de los mismos dos grupos de individuos:
- familia
- compañeros de piso
Es decir, nunca habrá un contacto llamado "Marina prima", o peor aún "Marina Castillo", sino que el contacto será llamado "Marina", y el resto de Marinas que se las apañe para sobrevivir ahí dentro.
3. Algo distinto ocurre con nuestros amigos más cercanos. En tal caso puede haber dos posibilidades:
-Nombre de pila + apelativo cariñoso ("Elisa negra")
-Término con sentido sólo entre las dos personas ("Tupa", "Trr")
En el segundo de los casos, habrá que tener en cuenta que este término debe ser usado hasta la saciedad, y debe ser perfectamente reconocible y recordable en momentos de:
1) embriaguez
2) accidente, quema de cocinas, etc.
3) paso del tiempo
NOTA: Si llega usted al punto de tener el número de móvil y el fijo de una misma persona, haga todo lo que sea necesario para que su yo del futuro los distinga, porque las madres de sus amigos puede que no sean muy tolerantes con las llamadas a sus casas a horas intempestivas. Les habla la voz de la experiencia.
Sepa, amigo, que su agenda telefónica habla por usted.
jueves, 12 de mayo de 2011
lunes, 2 de mayo de 2011
Universos Para Lelos
Mirándome a los ojos, me dice Eduardo "no quiero alarmarle, pero la realidad es invisible"
entonces voy yo y me alarmo.
En cualquier universo no muy lejano hay un tú que es cocinera, cantautora-bibliotecaria o repartidora de guías telefónicas (enamoradiza siempre, eso sí). Lo mejor de todo no es esto, sino que así como hay miles de tús revoloteando por ahí en universos paralelos, los hechos que ocurren en esos universos no son infinitos.
¿ein?
es decir, mi yo cocinera tiene un grave problema con los frutos secos, a mi yo bibliotecaria se le seguirá olvidando dónde deja las cosas y mi yo repartidora seguirá coleccionando dudas.
He aquí la elegancia del multiverso.
entonces voy yo y me alarmo.
En cualquier universo no muy lejano hay un tú que es cocinera, cantautora-bibliotecaria o repartidora de guías telefónicas (enamoradiza siempre, eso sí). Lo mejor de todo no es esto, sino que así como hay miles de tús revoloteando por ahí en universos paralelos, los hechos que ocurren en esos universos no son infinitos.
¿ein?
es decir, mi yo cocinera tiene un grave problema con los frutos secos, a mi yo bibliotecaria se le seguirá olvidando dónde deja las cosas y mi yo repartidora seguirá coleccionando dudas.
He aquí la elegancia del multiverso.
domingo, 24 de abril de 2011
Del retorno y sus directrices
Tenga en cuenta el lector que la maleta debe hacerse de tal forma que, siendo el contenido exactamente el mismo que en el trayecto de ida, sea una tarea prácticamente imposible cerrarla en su camino de vuelta, a pesar de que aparentemente todos los elementos estén dispuestos para un sencillo cierre. Asimismo es sumamente importante dejar alguno de los elementos del baño como el champú o la pasta de dientes fuera de su equipaje una vez haya conseguido cerrarla después de arduos esfuerzos.
Asegúrese usted de la necesaria renuncia de alguno de los elementos que la maleta contuviera en su día, preferiblemente cualquier utensilio de uso diario como el estuche de las lentillas o bien las tan sufridas babuchas. A esta circunstancia pasaremos a llamarla posteriormente olvido, a pesar de que como el lector ya sabrá, esto no es más que el hasta pronto de las maletas.
Mientras cumpla usted estos sencillos pasos, la risa de Murphy estará, créanme, asegurada.
Asegúrese usted de la necesaria renuncia de alguno de los elementos que la maleta contuviera en su día, preferiblemente cualquier utensilio de uso diario como el estuche de las lentillas o bien las tan sufridas babuchas. A esta circunstancia pasaremos a llamarla posteriormente olvido, a pesar de que como el lector ya sabrá, esto no es más que el hasta pronto de las maletas.
Mientras cumpla usted estos sencillos pasos, la risa de Murphy estará, créanme, asegurada.
sábado, 16 de abril de 2011
Complemento circunstancial
Levántate, rápido
llegas tarde
cógelo todo
mierda, las llaves, vuelve a casa
rápido, rápido
qué era ¿a menos cuarto o a y cuarto? pff.
6 minutos para el siguiente metro,
llegas tarde (mucho)
venga, un mensaje en plan "llego tarde, id yendo"
y te montas en el metro
y es raro porque mientras vas rápido a un sitio al que llegas tarde, vas sentado sin hacer n-a-d-a
bueno, escuchas música
escuchas música a la que no prestas ninguna atención (pero ninguna),
pero ahí está
venga, tu parada
cuélate entre la masa, vamos
y como ya somos viejos conocidos, ya sabes por qué huecos meterte para llegar antes a las escaleras
pero, uy, has perdido práctica
te adelantan
y por fin consigues salir, sólo has sido una más ahí dentro
tranquilo, aunque intentes recordar alguna de las caras del vagón, no lo consigues
ni la canción que escuchabas.
y por fin llegas,
saludas a todos,
y se te olvida el sudor de hace un segundo
porque te encanta.
Hola Madrid.
sábado, 9 de abril de 2011
Ñam
-¿Quieres macarrones?
-Sí.
-¿Con qué?
-Con cariño, por favor.
Vetusta Morla – Pequeño Desastre Animal
-Sí.
-¿Con qué?
-Con cariño, por favor.
Vetusta Morla – Pequeño Desastre Animal
lunes, 4 de abril de 2011
Villajuanete
Villajuanete era un lugar encantador, un lugar encantador y poblado por pies. Los habitantes de esta ciudad eran cientos de miles de pies de todas las formas y tamaños que, salvo por alguna patada que otra, se llevaban bien.
Convivían talones y metatarsos de la forma más tranquila posible, entre paseos y partidos de fútbol, cuando en invierno algo lo cambió todo. Con el frío, sus habitantes tuvieron que pasar de las sandalias y las chanclas a los zapatos y los CALCETINES. Éste no era un hecho que les perturbara, ya que lo hacían cada año. Incluso algún que otro pie algo rechoncho se alegraba de que llegara la época calcetinil para así poder esconder un poco más su figura.
Pero este año nada sería lo mismo. Todas las tiendas comenzaron a exponer en sus escaparates unos nuevos calcetines (de importación), que tuvieron un éxito rotundo en la temporada de invierno. Toooodos y cada uno de los pies tenía en su poder los calcetines de moda: eran unos calcetines naranjas, con dibujos de búhos. Y sobre todo: eran calcetines tobilleros.
En cuestión de días estos malévolos calcetines comenzaron a atemorizar sin piedad a toda la población de Villajuanete. Los calcetines se bajaban dentro de los zapatos de tal forma que era imposible alcanzarlos para devolverlos a su lugar, y todo el mundo sabe que tener un calcetín hundido en el zapato es una de las peores torturas que puede sufrir un pie. No contentos con eso, los búhos se llenaban de pelotillas y se pegaban a sus dueños de tal forma que era imposible ni siquiera recurrir a otro par.
Un buen día una de las piececillos más jóvenes del lugar pensó que estos búhos necesitaban su merecido, así que se descalzó y se dirigió con tono autoritario a sus alados acompañantes:
-Búhos, búhos,...buhítos.
Los búhos, que estaban a lo suyo, se quedaron perplejos y con los ojos más abiertos aún, con la pregunta de la niña.
-¿Noh habla a nozotro? (eran búhos gaditanos)
-Buhítos, no hagáis que me enfade.
-Ay chiquilla, qué malaje.
Piececillo se reía porque le parecía gracioso que unos búhos andaluces pudieran abrir tanto los ojos. "¡Mira qué cara se les ha quedado!", pensaba.
Desde entonces a la piececillo se le siguen colando los calcetines por dentro del zapato, pero es la única de todos los habitantes de Villajuanete a la que los búhos en vez de hacerle enfadar, le hacen cosquillas.
Convivían talones y metatarsos de la forma más tranquila posible, entre paseos y partidos de fútbol, cuando en invierno algo lo cambió todo. Con el frío, sus habitantes tuvieron que pasar de las sandalias y las chanclas a los zapatos y los CALCETINES. Éste no era un hecho que les perturbara, ya que lo hacían cada año. Incluso algún que otro pie algo rechoncho se alegraba de que llegara la época calcetinil para así poder esconder un poco más su figura.
Pero este año nada sería lo mismo. Todas las tiendas comenzaron a exponer en sus escaparates unos nuevos calcetines (de importación), que tuvieron un éxito rotundo en la temporada de invierno. Toooodos y cada uno de los pies tenía en su poder los calcetines de moda: eran unos calcetines naranjas, con dibujos de búhos. Y sobre todo: eran calcetines tobilleros.
En cuestión de días estos malévolos calcetines comenzaron a atemorizar sin piedad a toda la población de Villajuanete. Los calcetines se bajaban dentro de los zapatos de tal forma que era imposible alcanzarlos para devolverlos a su lugar, y todo el mundo sabe que tener un calcetín hundido en el zapato es una de las peores torturas que puede sufrir un pie. No contentos con eso, los búhos se llenaban de pelotillas y se pegaban a sus dueños de tal forma que era imposible ni siquiera recurrir a otro par.
Un buen día una de las piececillos más jóvenes del lugar pensó que estos búhos necesitaban su merecido, así que se descalzó y se dirigió con tono autoritario a sus alados acompañantes:
-Búhos, búhos,...buhítos.
Los búhos, que estaban a lo suyo, se quedaron perplejos y con los ojos más abiertos aún, con la pregunta de la niña.
-¿Noh habla a nozotro? (eran búhos gaditanos)
-Buhítos, no hagáis que me enfade.
-Ay chiquilla, qué malaje.
Piececillo se reía porque le parecía gracioso que unos búhos andaluces pudieran abrir tanto los ojos. "¡Mira qué cara se les ha quedado!", pensaba.
Desde entonces a la piececillo se le siguen colando los calcetines por dentro del zapato, pero es la única de todos los habitantes de Villajuanete a la que los búhos en vez de hacerle enfadar, le hacen cosquillas.
jueves, 31 de marzo de 2011
Doña Eulalia
Doña Eulalia es una buena mujer, una señora de las que ya no quedan. Vive en su modesta pero apañada casita con Eulalio, su marido, con el que lleva casada ya más de cuarenta años. Eulalia ha visto pasar unas cuantas primaveras, pero no se siente mayor. Sigue dedicándose a todos sus recados como siempre, y aunque sus rodillas ya no son las mismas que hace veinte años (¡ay la humedad!), no necesita ayuda de nadie. Es una de esas mujeres que tiene unas gafas de cerca y otras de lejos, y hay veces que no las encuentra aunque las lleva encima de la cabeza.
Eulalia y Eulalio tienen cuatro hijos, todos chicos, aunque ya no viven en la casa familiar. Hace años fueron a estudiar a la ciudad y ya no volvieron a vivir al pueblo. Con los años, como pasa hasta en las mejores familias, cada uno fue haciendo su vida, e ir a casa más que una excepción era una rareza. Eulalia y Eulalio querían profundamente a sus hijos, y aunque en algunas ocasiones no sentían lo mismo de su parte siempre los excusaban: "es que ¿cómo van a llamarnos, con lo ocupados que están?","Tendrán mucho trabajo esta semana, si es que pobrecitos míos",...
A pesar de todo, no se podía decir que la de los Eulalios (así era como les llamaban en el pueblo) fuera una familia desunida. En los grandes acontecimientos del año no faltaban las reuniones familiares. En estos encuentros Eulalia se pasaba una semana entera poniendo la casa a punto, y no faltaba la comida ¡desde luego!, si esta mujer sabía hacer algo era cocinar, cocinar para mucha gente, cuanta más, mejor. De hecho había pasado tantos años cocinando para seis (y siempre más, porque los chicos repetían), que siempre se le iba la mano con las cantidades, así tenía Eulalio el colesterol...
Hoy era uno de esos días, era el cumpleaños de mamá. Eulalia estaba impaciente por ver a sus hijos, no importaba la excusa. Llegó el momento y todos pasaron una buena velada, de las de antes, aunque Eulalia estuvo toda la comida trayendo y llevando platos, pasando un poco más algún que otro filete y sirviendo las natillas como les gustaban a sus niños. Ni Eulalio ni los chicos repararon en esto, pero Eulalia estaba encantada sólo por verles engullir, y siempre acababa las comilonas con un "¡No habéis comido nada!".
Al final de la comida todos sus hijos se levantaron al tiempo mientras Eulalio la distraía torpemente hablándole de la cerradura del garaje. Mientras, ella pudo ver como el más pequeño de sus hijos firmaba rápidamente lo que parecía ser una tarjeta de felicitación. ¡Qué despistada!, con todo el ajetreo se había olvidado por completo de que sus hijos siempre le regalaban algo. "Qué majos son estos chicos", pensó, "me regalaran los jabones y la colonia de siempre, pero oye, qué bien me viene".
Los chicos se acercaron a su madre y le entregaron el paquete. Entonces Eulalia, al retirar el papel vio una caja que no se parecía en nada a su habitual caja de jabones. En esta había muchas palabras en un lenguaje cuanto menos extraño para ella y una foto de lo que parecía ser un teléfono.
-Mire madre, esto es un teléfono móvil.
-Ah, ya- dijo ella abriendo mucho los ojos para intentar disimular su cara de espanto absoluto.
-Se lo hemos comprado porque les vendrá bien si hay algún problema aquí en el pueblo, y así puede hablar más con nosotros.
-Pero yo...no voy a saber usar este trasto.
-Ya verá como sí madre, si esto no tiene ningún misterio.
El resto de la tarde los chicos se dedicaron a configurar el nuevo artilugio y a explicarle su funcionamiento a la dueña. Eulalia, que era una mujer un poco chapada a la antigua, no tenía mucha fe en el tema, pero pensó que no estaría mal si esto conseguía que tuviera más contacto con sus fugados vástagos.
El cumpleaños de mamá pasó, y de nuevo Eulalia hizo las camas, fue al mercado e hizo comida de más. De hecho, Eulalia hizo las camas con el teléfono en la manga de la bata, perdió las gafas con el teléfono en la manga de la bata, e hizo comida de más con el teléfono en la manga de la bata. Fueron pasando los días y las semanas y todo fue igual; y cuando había una llamada de alguno de sus hijos siempre era a su teléfono negro (de color negro teléfono) de rueda, el de toda la vida.
Eulalia siguió cargando cada dos noches (como le dijeron sus niños) su teléfono móvil, esperando alguna llamada ("como tarde llegará en el próximo cumpleaños, supongo"), e ideando nuevas excusas para justificar a los exiliados.
Todo ello con el teléfono en la manga de la bata.
Eulalia y Eulalio tienen cuatro hijos, todos chicos, aunque ya no viven en la casa familiar. Hace años fueron a estudiar a la ciudad y ya no volvieron a vivir al pueblo. Con los años, como pasa hasta en las mejores familias, cada uno fue haciendo su vida, e ir a casa más que una excepción era una rareza. Eulalia y Eulalio querían profundamente a sus hijos, y aunque en algunas ocasiones no sentían lo mismo de su parte siempre los excusaban: "es que ¿cómo van a llamarnos, con lo ocupados que están?","Tendrán mucho trabajo esta semana, si es que pobrecitos míos",...
A pesar de todo, no se podía decir que la de los Eulalios (así era como les llamaban en el pueblo) fuera una familia desunida. En los grandes acontecimientos del año no faltaban las reuniones familiares. En estos encuentros Eulalia se pasaba una semana entera poniendo la casa a punto, y no faltaba la comida ¡desde luego!, si esta mujer sabía hacer algo era cocinar, cocinar para mucha gente, cuanta más, mejor. De hecho había pasado tantos años cocinando para seis (y siempre más, porque los chicos repetían), que siempre se le iba la mano con las cantidades, así tenía Eulalio el colesterol...
Hoy era uno de esos días, era el cumpleaños de mamá. Eulalia estaba impaciente por ver a sus hijos, no importaba la excusa. Llegó el momento y todos pasaron una buena velada, de las de antes, aunque Eulalia estuvo toda la comida trayendo y llevando platos, pasando un poco más algún que otro filete y sirviendo las natillas como les gustaban a sus niños. Ni Eulalio ni los chicos repararon en esto, pero Eulalia estaba encantada sólo por verles engullir, y siempre acababa las comilonas con un "¡No habéis comido nada!".
Al final de la comida todos sus hijos se levantaron al tiempo mientras Eulalio la distraía torpemente hablándole de la cerradura del garaje. Mientras, ella pudo ver como el más pequeño de sus hijos firmaba rápidamente lo que parecía ser una tarjeta de felicitación. ¡Qué despistada!, con todo el ajetreo se había olvidado por completo de que sus hijos siempre le regalaban algo. "Qué majos son estos chicos", pensó, "me regalaran los jabones y la colonia de siempre, pero oye, qué bien me viene".
Los chicos se acercaron a su madre y le entregaron el paquete. Entonces Eulalia, al retirar el papel vio una caja que no se parecía en nada a su habitual caja de jabones. En esta había muchas palabras en un lenguaje cuanto menos extraño para ella y una foto de lo que parecía ser un teléfono.
-Mire madre, esto es un teléfono móvil.
-Ah, ya- dijo ella abriendo mucho los ojos para intentar disimular su cara de espanto absoluto.
-Se lo hemos comprado porque les vendrá bien si hay algún problema aquí en el pueblo, y así puede hablar más con nosotros.
-Pero yo...no voy a saber usar este trasto.
-Ya verá como sí madre, si esto no tiene ningún misterio.
El resto de la tarde los chicos se dedicaron a configurar el nuevo artilugio y a explicarle su funcionamiento a la dueña. Eulalia, que era una mujer un poco chapada a la antigua, no tenía mucha fe en el tema, pero pensó que no estaría mal si esto conseguía que tuviera más contacto con sus fugados vástagos.
El cumpleaños de mamá pasó, y de nuevo Eulalia hizo las camas, fue al mercado e hizo comida de más. De hecho, Eulalia hizo las camas con el teléfono en la manga de la bata, perdió las gafas con el teléfono en la manga de la bata, e hizo comida de más con el teléfono en la manga de la bata. Fueron pasando los días y las semanas y todo fue igual; y cuando había una llamada de alguno de sus hijos siempre era a su teléfono negro (de color negro teléfono) de rueda, el de toda la vida.
Eulalia siguió cargando cada dos noches (como le dijeron sus niños) su teléfono móvil, esperando alguna llamada ("como tarde llegará en el próximo cumpleaños, supongo"), e ideando nuevas excusas para justificar a los exiliados.
Todo ello con el teléfono en la manga de la bata.
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